La humanidad comenzó a salir de la trampa maltusiana hacia la mitad del siglo XVIII, pero sólo en Inglaterra y Holanda. La trampa consiste en que un aumento de la población no se sostiene porque la provisión de alimentos no se incrementa proporcionalmente; la consecuente desnutrición reduce las defensas y hace vulnerables las familias a las epidemias.
La población mundial estaba sometida entonces a la muerte temprana y a la enfermedad y vivía con un ingreso mínimo de subsistencia, increíble para nuestros estándares del presente: 5 kg de carne al año, 167 de cereal y 20 de fríjol.
El desarrollo capitalista multiplicó la productividad agrícola e inventó la manufactura, avanzando la urbanización, lo cual abarató la canasta básica y permitió una ampliación de los consumos de toda la población. Las condiciones de salubridad mejoraron y aumentó el crecimiento demográfico. En el siglo XIX, la revolución industrial se diseminó a Francia, Alemania e Italia y cruzó el Atlántico para envolver a Estados Unidos, Canadá y, allende, Australia. Rusia, Argentina y el sur del Brasil se asomaron al desarrollo económico intensivo, pero no lo completaron.
La industrialización fue posible por una curiosa combinación de escasez de trabajadores y alza de los salarios reales, que obligó a la mecanización de los procesos que culminaron en una elevación sistemática de la productividad, en un círculo virtuoso. Alemania y Estados Unidos se protegieron de la competencia inglesa, pero hicieron algo adicional que nuestros proteccionistas ignoran: aumentaron la tributación, invirtieron en sistemas nacionales educativos universales de alta calidad e introdujeron la seguridad social, de tal modo que lograron aumentar la productividad y la riqueza. El éxito de Estados Unidos se sintió en la enorme migración que vació varias regiones empobrecidas de Europa, lo que frenó el alza de sus salarios mas no detuvo su ímpetu tecnológico.
La India y la China fueron colonizadas y forzadas a abrir sus mercados, de tal modo que sus industrias tradicionales se marchitaron antes de maquinizarse. Comenzaron a producir las materias primas que requería Inglaterra en medio de un gran desempleo, de tal modo sus salarios se deterioraron sin crear ningún incentivo a introducir cambio técnico y aumentar su productividad. Algo similar pasó en la América Latina que alcanzó a industrializarse a medias por no contar con la presión de salarios altos que indujeran cambio técnico continuo.
La estructura social de la América Latina explica su falta de dinamismo: el acceso a la propiedad de la tierra fue muy limitado desde que fuera colonia ibérica, creando un campesinado muy empobrecido que no logró ser empleado plenamente, sobre todo en el siglo XX. Se dio entonces el círculo vicioso de bajos salarios, productividad estancada y crecimiento económico lento. La debilidad del mercado interno le sugirió a sus clases dirigentes que sólo exportando podían prosperar.
Sólo Brasil tuvo la capacidad de replicar el experimento de Bismarck en Alemania: fortalecer su Estado para financiar sistemas educativos que avanzaran la productividad, y su desenvolvimiento más reciente permitió aumentar también su gasto social. El resto de países sigue confiando en la exportación y en la producción de materias primas.