Los Estados Unidos están pasando por la peor recesión de la historia de su sector inmobiliario. Las nuevas construcciones han caído 40% y las ventas de viviendas nuevas en 50%, creando unas existencias gigantescas que no tienen cliente. Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart han mostrado recientemente en un estudio histórico que esta crisis financiera es más profunda que las que antecedieron, porque los desequilibrios han sido peores: los precios de bienes raíces y de acciones se elevaron más, los influjos de capital han sido enormes y el déficit en cuenta corriente ha alcanzado su máximo histórico.
La titularización de las hipotecas en sofisticados productos financieros que fueron adquiridas por miles de inversores en Estados Unidos, Europa y Japón sin conocer su contenido venenoso ha estado aflorando con desagradables sorpresas, desde que el flujo de pagos de los deudores se ha frenado. Los bancos y fondos de riesgo y otras instituciones —no sometidas a la regulación prudencial norteamericana— registran todos enormes pérdidas que sacan de circulación parte grande de sus depósitos y hacen que restrinjan draconianamente el crédito nuevo. Las tasas de interés están por los cielos y la enfermedad ha contagiado nuevas áreas como las tarjetas de crédito, los préstamos para automóviles, los préstamos comerciales y los bonos empresariales.
Aunque la Reserva Federal va a reducir sus tasas de referencia, lo va a hacer de manera insuficiente y tardía, sin poder enfrentar el problema que no es de liquidez sino de insolvencia, según el profesor de la Universidad de Nueva York Nouriel Roubini. De hecho, la política ultraexpansiva de la Reserva Federal, que mantuvo sus tasas de interés en niveles negativos desde 2001 hasta 2005, es una de las causas de la enorme disponibilidad de crédito que facilitó concederlo a agentes sin garantías.
La otra causa de la hecatombe crediticia reside en la regulación complaciente, típica de gobiernos republicanos, que incentivó prácticas irresponsables en la aprobación de créditos y peor aún de diseminación de instrumentos financieros complejos que no se podían valorar a precios de mercado. Por lo demás, la inflación de Estados Unidos, de 4,1% en 2007, es la más alta en 22 años y bajar demasiado las tasas de interés puede inducir además una caída sin fondo del dólar en el mundo. Eso cuestiona que la Reserva Federal tome medidas heroicas para conjurar la recesión. Lo que parece venirse es otra fase de estancamiento combinado con inflación.
¿Contagiará esta crisis al resto del mundo y a los países en desarrollo? Aunque China e India pueden seguir creciendo con base en sus mercados internos, todos se verán afectados por una contracción de Estados Unidos que contribuye con el 25% del PIB mundial. Los mecanismos de transmisión son los efectos directos e indirectos de la contracción del comercio internacional, caídas en los precios de las materias primas, efectos de desplazamiento por la nueva devaluación del dólar y, sobre todo, transmisión del contagio financiero y de la destrucción de crédito.
¿Quiénes sufrirán más? Los mercados emergentes con los fundamentos macroeconómicos más débiles (déficits protuberantes en cuenta corriente y en las cuentas fiscales), exportadores de materias primas y dependientes del comercio con Estados Unidos o de países petroleros. Colombia tiene un déficit de cuenta corriente de 4% y su faltante fiscal es de 3% del PIB. Ambos necesitan ser financiados en medio de un retroceso calamitoso del sistema de crédito mundial, mientras en las otras condiciones completamos una moñona.
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