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La independencia monetaria de nuevo
25 Mayo 2008 - El Espectador

 
OTRA VEZ EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, ahora en coro con el Ministro de Agricultura, le pide (¿exige?) a la autoridad monetaria que reduzca sus tasas de interés. Hablan en la defensa del empleo nacional, de mantener la economía creciendo a ritmos del 8%, como el del año pasado.
 

Este Gobierno ha disminuido el poder legislativo comprando el apoyo de congresistas clave, tiene arrinconada a la Corte Suprema para obstaculizar los procesos que ha iniciado contra sus aliados y ha subordinado el poder de alcaldes y gobernadores en su adefesio de democracia directa. Hoy apunta sus baterías contra la independencia del cuarto poder que ha alcanzado a ser la banca central.

Es lamentable la ceguera mental de tantos políticos, empresarios y editorialistas sobre el creciente poder que concentra el Presidente de la República, cuyo peor efecto es que anula el mecanismo fundamental que garantiza la existencia de la democracia: la división de poderes. Si el Ejecutivo controla la justicia perseguirá a sus enemigos y perdonará los crímenes de sus amigos. El control del Legislativo permite que la Constitución y las leyes se cambien para aumentar y perpetuar el abuso del poder presidencial. El sometimiento de la política local y regional también va en dirección de consolidar la reelección perpetua y a destruir la oposición.

Lo mismo se repite cuando el Gobierno somete a la autoridad monetaria. Le importa menos generar desequilibrios macroeconómicos, entre ellos la inflación, que carcome lenta pero inexorablemente los ingresos de la población, en aras de acelerar la acumulación de capital. En vez de coordinar la política fiscal y la monetaria para cabalgar sobre el ciclo económico de manera racional, el Gobierno insiste en ser expansivo o ‘gastón’ con la economía recalentada, deshaciendo la política contra cíclica del banco central. No entiende que está acumulando desequilibrios económicos (déficit fiscal y de cuenta corriente) que pueden causar una crisis de grandes proporciones.

Así es también con la revaluación del peso, a la que contribuye la creciente deuda pública para financiar gasto público de mala calidad. El Gobierno trae dólares y le pasa factura al banco central para que vaya y los compre —“intervenga en el mercado” le ordena— prestándole alas a la inflación.

Y no es que el Ministro de Agricultura ayude: protege de la competencia externa a los terratenientes ociosos en momentos en que los precios de los alimentos están por los cielos. “Le pedimos al Banco que reduzca las tasas de interés... porque nadie quiere invertir en un negocio que sólo da pérdidas y la actual situación de las tasas de interés ha llevado al campo por debajo del punto de equilibrio”, insistió el Ministro. No entiendo bien un punto de equilibrio negativo cuando los precios de los alimentos suben al doble de la inflación promedio y los de la carne de res al triple.

El campo siempre ha sido considerado por sus representantes como un sector desvalido que necesita protección arancelaria y crédito barato. No tiene por qué pagar impuestos y, por el contrario, debe ser subsidiado por la sociedad. Nunca ha alcanzado la mayoría de edad productiva en la cual los ciudadanos disfrutemos de una alimentación buena y barata; fuera de café y banano, tampoco le ha permitido al país ganar nuevos mercados externos, especialmente en una situación de aguda escasez mundial de alimentos.

Es por eso que el Presidente y su álter ego agrario, todos a una, la emprenden contra el banco central, quizás el último reducto de institución independiente que les queda por avasallar.


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