El ingreso familiar en los Estados Unidos se mantuvo estancado desde 1990, a pesar de los eufóricos años locos cuando la bolsa y el valor de la propiedad raíz burbujeaban con tanta fuerza que produjeron la mayor crisis económica desde la Gran Depresión de 1930.
La idea de Joseph Schumpeter de que el sistema capitalista avanza por medio de la destrucción creativa es especialmente cierta en relación con el cambio técnico. Los grandes avances desde los noventa se lograron en las ciencias de la información y en las telecomunicaciones que tienden a reemplazar industrias tradicionales, desde las máquinas de escribir, al correo aéreo, a la telefonía fija y de larga distancia, al video y a la música, dando lugar a rápidas profundizaciones de los mercados. Esto es especialmente notable con el celular, que no sólo desplazó en el mundo buena parte de la telefonía fija, sino que multiplicó el número de usuarios de manera exponencial, pero también con respecto a la industria de la música y del video, que han visto un desplome abrumador de sus precios.
Las innovaciones financieras, por su parte, fueron muy osadas y permitieron trasladar valor de algunos agentes a otros, pero más bien contribuyeron a que la crisis financiera fuera más aguda que en la ausencia de complejos derivados de títulos hipotecarios, bonos y acciones, que engatusaron a miles de inversionistas. Se hizo evidente que los grandes bancos comerciales y la banca de inversión tenían pies de barro: muchos de ellos quebraron y otros arrastran balances en rojo. Se les llama bancos zombies porque están muertos en vida, gracias a manipulaciones de su contabilidad y a la asignación de fondos públicos.
La crisis financiera tuvo su causa profunda en los avances políticos en gobiernos republicanos, demócratas también, que acumuló Wall Street y que le permitieron aflojar la regulación hasta el extremo en que la asumieron los propios banqueros, contra el desparpajo del Banco de la Reserva Federal y de regulación de las operaciones de bolsa. Ellos contemplaron complacientes cómo la especulación avanzaba hasta que socavó los mercados hipotecarios y causó el desplome de la bolsa y de la economía mundial.
Paul Volcker, quien fuera presidente de la Reserva Federal a principios de los ochenta, afirmó que las innovaciones financieras no significaron un átomo de progreso para la banca. Contribuyeron, eso sí, a que el sistema financiero pasara de disponer del 2,5% del PIB en los años noventa a 6,5% en la actualidad. Según Volcker, el único progreso innegable del sistema financiero fue el cajero automático, que ahorró las colas en las oficinas de los bancos, aunque podría agregarse la banca por internet como otro avance notable que economizó tiempo y papel. Pero muchos de los derivados inventados terminaron siendo poco comprendidos, juguetes peligrosos en manos de banqueros voraces que trasladaban el riesgo a sus clientes sin asumir responsabilidad alguna.
El poder que mantiene el sistema financiero norteamericano es todavía muy grande y es por esa razón que a pesar de la urgencia que tiene endurecer las regulaciones financieras, el gobierno y los congresistas han arrastrado los pies, dándole prioridad al tema de la salud que, aunque crucial, no tiene en vilo la suerte futura de la economía mundial.
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