Salomon Kalmanovitz
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La encrucijada griega
3 de noviembre de 2011 - El Espectador

 

El anuncio del primer ministro de Grecia Jorge A. Papandreu de recurrir a un referendo en torno al draconiano plan de ajuste impuesto por la Comunidad Europea busca estabilizar su gobierno o permitir su recambio.
Salomon Kalmanovitz
 

Merkel y Sarkozi le sugirieron cambiar la pregunta del referendo de si está de acuerdo o no con el ajuste a más bien quiere permanecer o no en la zona del Euro. Mientras hay una abrumadora mayoría en contra del plan, los griegos se han beneficiado de ser parte de la zona Euro por los subsidios que recibieron para modernizar sus infraestructuras e instituciones y entenderían mejor el costo de renegar de sus relaciones con Europa.

Grecia cayó ante la tentación del dinero fácil y el crédito no regulado que produjo la política de Estados Unidos y Gran Bretaña de darle rienda suelta a los bancos y a sus organizaciones a la sombra desde hace 15 años. Se dice que Goldman Sachs ayudó a maquillar el balance fiscal de Grecia para seguir flotando deuda que, al día de hoy, está en manos de bancos, administradores de fondos y fondo de pensiones europeos con 89% del total, de los cuales las instituciones financieras griegas tienen el 30%.

La deuda de Grecia se acerca al 160% de su PIB y mantiene un déficit primario, o sea descontando los intereses que debe pagar, de 4% de su producto. La oferta de la Comunidad es peluquear la mitad de la deuda, lo cual no sería suficiente para obtener un superávit primario y contar con los fondos autogenerados para encarar sus gastos de funcionamiento y las pensiones de su población envejecida. La razón es que el plan de ajuste es en sí mismo recesivo pues conduce a un círculo vicioso de contracción adicional que reduce los ingresos del gobierno.

Por estar en la zona Euro, Grecia no puede contar con una moneda devaluada que la ayude a aumentar las exportaciones y el empleo ni con una emisión monetaria suficiente para financiar el déficit fiscal produciendo inflación que se encargue de desbastar o licuar su deuda. Una razón para que Gran Bretaña no se sumara al Euro en 1988 fue precisamente no perder su soberanía monetaria que, en situaciones críticas, le ha ayudado a sobreponerlas mucho más rápidamente que el resto de Europa y en particular de su periferia más débil.

Una salida desordenada de Grecia de la zona Euro puede ser desastrosa en primera instancia para sus propios ciudadanos: quebrarían los bancos y se perderían depósitos de sus cuentahabientes; además, no tendría con qué financiar los gastos estatales y en especial los seguros por desempleo y las pensiones. Tendría que restablecer rápidamente su moneda, el dracma, y establecer una equivalencia con las divisas como el Euro y el dólar que le permitiera exportar más y hacer que sus servicios turísticos se abarataran cuantiosamente. Ello estaría acompañado de corridas bancarias e inflación muy alta si su banco central no responde a un compromiso serio de no abusar de la emisión monetaria.

Para Europa también sería devastador la retirada griega – podría ser seguida por Irlanda, también muy abrumada por los ajustes – y porque se podría contagiar el pánico a los tenedores de deuda italiana, española, portuguesa y hasta francesa; sus bancos, que se tendrían que tragar la reducción de sus balances con la peluqueada que se viene, ajustarían una pérdida aún mayor. Los bancos privados buscarían recapitalizarse con fondos públicos que surgirían de la emisión primaria del Banco Central Europeo, ahora liderado por Italia.


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