Era difícil diferenciar una alcaldía en la que gobernó la Anapo por tres años y ocho meses, y que causó la hecatombe de obra pública que hemos sufrido los ciudadanos, de otra dirigida por los restos que le quedan al Partido Comunista. Pudo ser mejor, pero en cuatro meses no se cambia el rumbo de decisiones tomadas durante tanto tiempo, incluyendo varias del período de Luis Eduardo Garzón.
En efecto, las obras de la carrera décima no han sido terminadas y se contrataron hace siete años, así que tampoco debían ser inauguradas por Clara López. El contrato de los Nule fue otorgado el última día del mandato del alcalde Garzón, y aunque él lo niega, sospecho que el presidente Uribe, quien ponía el 70% del presupuesto de la obra, tuvo algo que decir en la escogencia de los contratistas.
Los enormes atrasos de la tercera fase de Transmilenio sobre la 26 y los de tantas otras obras de andenes, puentes y vías que no se entregaron a tiempo o que nunca se cumplieron, otorgados a dedo por la alcaldía de Samuel Moreno, volcaron la ciudadanía desesperada en contra del Polo. Sin embargo, el voto fiel de los ciudadanos que se inclinan por la izquierda y los favorecidos por las inversiones sociales de dos administraciones terminó siendo por Petro. Para ser exactos, la izquierda perdió bastante en las elecciones en la capital: mientras Samuel Moreno alcanzó a obtener un millón de votos, los Progresistas alcanzaron los 700.000. En el resto del país, la izquierda desapareció.
Me parece que la izquierda subestimó gravemente el impacto que tiene la corrupción sobre la gobernabilidad. Siempre les pareció un tema menor frente a su empeño por lograr avances sociales. El viejo Moir de Robledo, con un discurso de clase radical, ha convivido muchos años con el clientelismo. Por eso no dijo nada frente a los carruseles que promovía el senador Iván Moreno, algo que le sirvió a Petro para denunciarlos y quedarse con los votos aludidos.
Otro problema interrelacionado es que la izquierda desconfía de los técnicos, a quienes tilda de neoliberales. Pero son los financistas los que pueden estructurar de mejor manera los contratos y los buenos ingenieros de la administración pública los que seleccionan las obras que deben ejecutarse de la forma más eficiente posible. Esto es algo hasta el momento ausente incluso del supuesto Buen Gobierno de Santos, paralizado por la corrupción que dejó enquistada el largo gobierno de Uribe.
Esta suspicacia contra los técnicos llevó al Polo a tomar malas decisiones sistemáticamente, con efectos devastadores: todos los usuarios del transporte público, más los que se transportan en sus vehículos privados, sufrimos el aumento desmesurado de los tiempos para alcanzar el trabajo o salir de la atascada ciudad; los dueños de negocios en las vías cerradas por 4 y 7 años quebraron en su mayoría, haciendo al gobierno distrital blanco de demandas por daños y perjuicios, causados por la irresponsabilidad y la corrupción desenfrenada en la ejecución de las obras.
Existe, por último, un problema de desidia e incompetencia. Antes hubo brigadas de choque tapahuecos, policías impidiendo trancones y la disposición a solucionar problemas. Ahora no hubo iniciativas ni pilera.
No estoy seguro de que Petro pueda superar estas fuertes inclinaciones de la izquierda, pero ojalá.
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